Por el Dr. David Arce Martino
Mañana 27 de junio, mi pueblo cumple 76 años. En realidad es toda la provincia de Morropón, con sus diez distritos, que estamos de fiesta: Chulucanas, Morropón, La Matanza, Salitral, Buenos Aires, Santo Domingo, Chalaco, Santa Catalina de Mossa, Yamango y San Juan de Bigote. Existe un libro escrito por Doña Elena Orozco, llamado Chulucanas, mi pueblo, donde menciona lo que desde niños nos preguntamos. ¿De dónde viene la palabra Chulucanas? Y no hay una sola respuesta, la más popular es la que dicen que por estos lares vivía un cholo canoso y que la gente decía vamos donde el cholo cano, y poco a poco se fue llamando a este lugar Chulucanas. Otra hipótesis es que deriva de dos vocablos quechuas: Chullu y kani, que significan “me estoy derritiendo”. Otros dicen que provenimos de Huancabamba donde existen dos pueblos, uno llamado Chulucanas y otro Chulucanitas. Y una cuarta hipótesis es que en la expansión del imperio incaico por el Inca Túpac Yupanqui trajeron guerreros tiahuanacos llamados Kanas.Y es que al hablar del pueblo, de nuestro pueblo, nos palpita más rápido el corazón, tanto a los que residimos en él, como a los que estamos lejos. Y así como El Principito, cuando descubrió que su rosa no era única en su planeta, y que existían muchas rosas parecidas a la suya, así igual podemos decir nosotros, que podrán existir muchos pueblos parecidos a Chulucanas, y ciertamente que existen mejores en muchos sentidos, pero lo que lo hace especial es el tiempo que hemos convivido en nuestro pueblo, eso es lo que lo hace único e inigualable en el mundo.
De otra manera no se explica que muchos Chulucanenses, aún estando en ciudades llamadas “muy desarrolladas”, recuerden con cariño a Chulucanas y estén deseosos de volver a la tierra donde nacieron y crecieron. Y no es solamente los amigos que dejaron, porque tal vez cuando regresen, ellos ya no estén, ni la familia, ni la casa añorada, sino es toda la cultura, el hablar particular de nuestra gente, el clima especial, de lluvias en verano y calor todo el año. El río grande y el río Chiquito, donde en los meses de verano muchos niños aprenden a nadar todos los años, y que después de empezadas las clases escolares, estos ríos se secan hasta quedar en puras arenas donde duermen fatigadas las lagartijas y capones con la panza al sol. Quizás sea el cerro Ñañañique o el Ñácara, o quizás un poquito más lejos, el gran Vicús. Quizás sean las chacras donde crecen los mangos más ricos del mundo y que impregnan con su olor todo el aire de Chulucanas. Quizás sean los limones que acompañan a los más ricos cebiches del Perú, y que sin embargo nosotros preferimos un pescado barato, rico y rendidor, como es la caballa que aprendemos a comer ya sea en cebiche, o pasada por agua caliente. Probablemente sean los chicheríos, con su chicha en poto o el fresco clarito que aplaca cualquier sed en pleno desierto. Quizás sean las fiestas de los muertos y de los parvulitos. O quizás sea simplemente que de niños aprendimos a nombrar a las cosas de una manera diferente, que si otra gente extraña nos escuchara conversar quizás no nos entendería, si dijéramos: “Ese churre asustó al coche cuando le estaba tirando con las callanas a los cololos y a los pacasos”, porque llamamos churres a los niños, coches a los cerdos, callanas a los pedazos de teja, cololos a los sapos, pacasos a las iguanas, piajenos a los burros, etc. Y además porque en ninguna parte se sacan chucaques tan sonoros como en nuestra tierra. Y sin contar los domingos de fútbol en el estadio, donde la diversión mayor no está en ir a ver jugar a los veintidós jugadores, sino, en escuchar a las barras lanzarse las puyas más increíbles jamás escuchadas.
Mi abuela Mercedes me contaba que el Mercado antiguo quedaba por la calle Lambayeque con la Puno, y que todos los días iba a armar y a desarmar su negocio de comida y que para la feria de la Cruz de Campanas se mudaban con ollas y peroles durante el tiempo que duraba la feria. Hubo un tiempo en que iban a Lima para la feria del Señor de los Milagros, y venían cargadas con un montón de cosas increíbles de la gran capital. Mi abuela, sin saber leer ni escribir, llegó a tener una tienda de abarrotes que hasta ahora no me explico cómo hacía para llevar las cuentas ni para reconocer los billetes y monedas, yo la recuerdo que movía sus labios, miraba el techo y hacía como que contaba con los dedos. Nunca me atreví a preguntarle cómo lo hacía. Ella le enseñó a mi madre y mi madre a nosotros, no solamente la forma de hacer las cosas y el querer a nuestro pueblo y a nuestra cultura, sino que también nos enseñó los valores de respetar a los demás por su condición de ser humano, respetar lo ajeno y respetar las opiniones de los demás. Y esto me lleva a la reflexión que no es lo mismo instrucción que educación, ya que la instrucción es una transferencia de conocimientos y la educación es una transferencia de valores. Y existe mucha gente que puede tener mucha instrucción y tener un corazón malvado. Y gente como mi abuela, que no tuvo instrucción, que era analfabeta y era una capazota en valores.
Cuando fui a hacer mi Serums en Zarumilla, Tumbes, y me preguntaron de dónde era, yo contesté muy contento, yo soy de Chulucanas, y las personas voltearon a mirarme y se extrañaron de que lo dijera con alegría. Poco después me contaron que en La Curva, cerca del peaje, en ese tiempo había mucha gente de Chulucanas que se dedicaba al pillaje. Yo supe demostrarles que en Chulucanas sobramos la gente de buen corazón. Que no por las puras nos conocen por ser hospitalarios y alegres.
Por eso hoy queridos amigos y paisanos de Chulucanas, quiero extender mis brazos y dar un abrazo fraterno a todos y cada uno de ustedes para felicitarlos y felicitarnos por ser de Chulucanas, y para aquel que está un poco lejos de la tierra añorada, enviarle mis saludos sinceros y mis deseos de un pronto retorno.
¡Feliz Aniversario Chulucanas!













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