martes, 19 de junio de 2012

El Día del Padre, un homenaje personal

Por el Dr. David Arce Martino

El domingo pasado hemos celebrado el Día del Padre. Y la mayoría de nosotros hemos recordado a nuestros progenitores. Los que tienen la dicha de tenerlos vivos probablemente los han visitado, les han escrito o los han llamado. Y los que los tenemos fallecidos, algunos han ido al cementerio, otros a una iglesia o solamente hemos conversado con ellos en nuestra intimidad del silencio. Y es que a medida que vamos creciendo, el amor incondicional de la madre y el amor tolerante y nutritivo del padre nos acompañarán por el resto de nuestros días porque se han convertido en parte de nuestras mentes y de nuestras decisiones. He visto ancianos que aún cuando sus padres han muerto jóvenes, y estos hijos han logrado sobrepasar en gran medida la edad en que murieron sus padres, aún así los recuerdan como alguien mucho mayor que ellos. Un anciano de noventa años me contaba que su padre falleció a los 33 años, y cuando hablaba de él se le iluminaban los ojos y persignándose y con mucho respeto hablaba de él y de sus recuerdos, cuando en realidad el padre había muerto más joven.

Por mi parte, con frecuencia recuerdo a mi padre. Él se fue un 29 de agosto del 2001 y los primeros días me sorprendía a mi mismo con las ganas de contarle alguna cosa buena que me hubiera pasado y después de haberlo pensado, me daba cuenta de que él ya no estaba. Ahora ya se lo cuento en silencio y estoy seguro de que me está escuchando.

Lo recuerdo en los días luminosos en que con sus botas de veterinario iba temprano al mercado donde se desembarcaba el pescado y tortugas que venían de Paita. Y se detenía para enseñarme los signos que tenían los pescados frescos, que mirara, que tocara, que oliera, los ojos, la piel, las agallas del pescado. Y sin darme cuenta yo iba aprendiendo. Me decía esta es una perela, el otro es un ojo de uva, y ese de más allá es un suco. Me explicaba las similitudes, las diferencias, tenía la paciencia de enseñarme la vejiga natatoria de algunos peces, los diferentes tipos de aletas, las diferentes tipos de escamas, los diferentes tipos de adaptación al medio que tenía cada uno de los peces.

Y la enseñanza no paraba allí. En las noches iba a verlo a la escuela nocturna donde enseñaba a los muchachos grandes que trabajaban en el campo durante el día y que no podían asistir a las escuelas diurnas. Yo me paraba en la ventana del salón y escuchaba cómo podía hacer amena una clase de botánica que otros podrían hacerla aburrida. Allí aprendí que el nombre científico del maíz es Zea Mayz. Él tomaba la tiza y poco a poco iba llenando la pizarra con diagramas y explicaciones. Sus alumnos hasta ahora lo recuerdan con mucho cariño, como cuando caminaba al lado de su bicicleta roja, saludando a todas las personas que encontraba en el camino y haciéndole bromas a los facinerosos. Así era mi padre: Grande y hermoso. Buen conversador y el mejor entrenador que pudo haber tenido la selección peruana. Lástima que solamente lo conocían en el gran equipo del Defensor Chulucanas del campeonato local. Hablaba algunas veces que había jugado en Universitario de Deportes y que había recibido la camiseta en la despedida del gran Lolo Fernández, de sus propias manos. Los ojos le brillaban cuando hablaba de fútbol, pero siempre nos impulsó a sus hijos a tener una profesión, no alentaba que fuéramos peloteros.

Aún hoy estoy mirando un libro de mi hermano que tiene un poema de Rudyard Kipling, escrito a mano, con la letra característica de papá, aquella con la que me escribía cartas pidiéndome que me cuidara y estudiara. Este poema lo leo con frecuencia, lo releo, y hasta me lo he aprendido de memoria y me acompaña siempre. Aquí lo comparto:

Cuando vayan mal las cosas como a veces suelen ir, 
cuando ofrezca tu camino sólo cuestas que subir, 
cuando tengas mucho haber pero mucho que pagar, 
y precises sonreír aun teniendo que llorar, 
cuando ya el dolor te agobie y no puedas ya sufrir, 
descansar acaso debes pero nunca desistir.

Tras las sombras de la duda,
ya plateadas ya sombrías, 
puede bien surgir el triunfo,
no el fracaso que temías, 
y no es dable a tu ignorancia figurarse cuan cercano, 
puede estar el bien que anhelas y que juzgas tan lejano, lucha, 
pues por más que en la brega tengas que sufrir.

¡Cuando todo esté peor, más debemos insistir!

Manuel María Arce Salinas, en el lugar de mi memoria ocupas un lugar privilegiado y significativo. Te quiero mucho y te extraño más, porque sé, que adonde yo vaya tú estarás conmigo, porque tus enseñanzas, tus valores, y tus virtudes han quedado grabadas en mi cerebro con el fuego eterno del tiempo compartido. Muchas gracias papá.

Y a todos los padres de Chulucanas y de todo el mundo, les deseo que hayan tenido un Feliz día. Y que sus enseñanzas se vayan multiplicando en lo más querido que tenemos: nuestros hijos.

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