Hace poco tuve la oportunidad de ver a un adolescente acompañado de su madre. El joven tenía un gran sentimiento de culpa por haberse negado a ver su abuelo que estaba gravemente enfermo de una fibrosis pulmonar y que había fallecido en el mes de junio del año pasado. Tuvo mucha pena, pero se aguantó su tristeza, porque los hombres no lloran y porque quería demostrarle a la madre y a la familia que él era una persona muy fuerte. Se empeñó en sobresalir en sus deberes escolares y sacó muchos sobresalientes. Pero cuando terminaron las clases y se quedó solo en casa, sin sus padres que trabajaban ni con sus hermanos mayores que estudiaban, se dio cuenta de que todos los veranos anteriores los había pasado acompañado de su abuelito. Empezó a extrañarlo mucho más y empezó a verlo, primero en las noches y después durante el día. Escuchaba su voz que le hablaba y le conversaba. Después tuvo pesadillas hasta que se le quitó el sueño. Un día su familia lo encontró desorientado y muy confundido. Se le hospitalizó durante poco tiempo y se inició tratamiento farmacológico. Actualmente se está recuperando poco a poco. Y así como él, en nuestro mundo actual, crecemos con mucho miedo a la muerte, sin recordar que significa solamente una transformación, un devenir en el lapso de tiempo, y que realmente la vida en sí misma es una celebración. Los que vivimos en el norte del Perú tenemos un gran legado de nuestros antepasados pre incas: ellos celebraban la muerte y esta era vivida con alegría, como un paso, como una transición. Hasta la actualidad, para la Fiesta de los Angelitos y para el Día de los muertos, los mercados se llenan de color y de algarabía, los cementerios son alumbrados por la luz de las velas durante esas noches y en los alrededores de los cementerios las vivanderas instalan sus carpas para vender comida. Algunas pequeñas diversiones para niños se improvisan alrededor del camposanto.
Cuando aceptamos que la muerte es una transición, un cambio, empezamos a vivir la vida con mayor intensidad, a valorar este pequeño tiempo que pasamos sobre la faz de la tierra. Agradecemos por aquella semilla que se convirtió en planta de trigo y luego en pan, y después en una parte de nuestro ser. Nos alegramos cuando vemos que un gusano se convierte en mariposa. La vida está latiendo a nuestro alrededor. Y la muerte es solamente una pequeña transición. Y por supuesto que nos sentimos tristes cuando perdemos a un ser querido, y lloramos y lo extrañamos, porque lo queremos y vivirá por siempre en nuestros recuerdos. Y ese vacío insondable por las ausencias nos parecerá que nunca se podrá llenar y el corazón queda herido de muerte. Pero cuando vivimos con intensidad cada momento de nuestras vidas, amando y disfrutando todo lo que el Universo nos otorga, reconoceremos a la muerte como parte inherente, indivisible, de la vida.
Al cambiar nuestra percepción de la vida, y de la muerte, aceptaremos con tranquilidad todas las manifestaciones de este maravilloso milagro llamado vida, de este latido perpetuo que nos llena a cada instante de amor y de felicidad. Por eso queridos amigos, hoy quiero recordar las palabras del gran escritor austriaco Stefan Sweig, cuando escribe sobre la muerte: No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Y para aquellos que creemos en un ser superior, basta recordar que hace poco tiempo celebramos las navidades y nos alegramos con el nacimiento de nuestro Dios, en unos días lloraremos su muerte y pocos días más tarde celebraremos su resurrección, completando el eterno ciclo de la vida. Deseo a todos ustedes una Semana Santa de recogimiento y de paz.













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